"Y licuamos los minutos entre cada uno de nuestros pliegues. Se
resbalaron las palabras no pronunciadas entre tu pecho y el mío; tiempo y
espacio nos pertenecieron. Sucumbieron las ciudades a nuestro capricho… Nos
(re)corrimos cada centímetro, cada esquina o callejón, henchidos y erguidos.
Quiero el río de tu boca sobre el fuego
de mi cuerpo florecido
Quiero que (me)bebas gota a gota mi fluir;
son mis pétalos rosas que, en celo, derraman
su elixir*.
Y maullaron los gatos en la noches de tejados sin techo; nos arañamos
desnudos bajo el azabache cielo. Colisionaron y estallaron nuestros verbos que,
entonces sí, se pronunciaron. Fuimos sedientos corceles cabalgando madrugadas de otras
tierras, otros lechos…"
Quedarme quieta no era sencillo... Menos, cuando desde mi hermético
mutismo y la venda de mis ojos, solo se me permitía desarrollar, de momento, el
sentido de mi oído escuchando el caliente susurro de tu gemido y el tacto de
tus firmes manos sobre mi expuesta piel.
Para ambos era más que un juego; era una forma de vida que
nos convertía en una bomba de relojería a punto de explotar a cualquier hora
del día o de la noche. Ya no era suficiente con hacerlo en nuestro mundo; ese a
cal y canto donde retozar entre sábanas de raso...
Sentir ese otro mundo, abierto
con sus cerúleas alas observándonos y acariciándonos con su aire tibio, era un
hermoso y excitante reclamo que ya no podíamos obviar…
Y lo hicimos… Caímos voluntariamente…
-Quieta –me dijiste. Y detuve hasta mi aliento.
Solo mi
vestido como prenda, mi cabello al viento, y mi cuerpo… un racimo de emociones titilando.
Allí no
había más sujeciones que aquella recia mesa de madera rodeada de hiedra y de
flores. Reposé mi pecho sobre ella… Mis labios, henchidos y verticales, eran
tempestad que gemían y palpitaban sintiendo la intemperie penetrando(me) con su
hialina y cálida brisa. Pero era pensar en el fuego de tu mirada clavada en mí,
lo que me hacía temblar, desearte y no poder mover ni un solo músculo como me
ordenaste. Y eso, aún me provoca más; ese pacto que cumplíamos hasta el final.
Esos tempos que tú marcabas en cada exacto momento en el que, sabías… me
derrumbaba…
Y así fue…
Así llegué
donde (como) tú deseabas… Fui en ti; y tu húmedo beso fue la rúbrica en mis
labios... aún palpitando.
Sé que disfrutas con cada una de mis vertientes... Que te gusta explayarte en cada una de ellas moldeando con tu mente y con tus manos cada excitación que te provocan y comprometen. Sabes que soy todas y
cada una con la única y unánime conclusión, que eres Tú. Que soy laberinto
donde adentrarte y recorrer(me) de esquina a esquina de mi piel. Que mi mirada,
prepotente y rebelde, es el pistoletazo de salida para sujetar las riendas, entre
tus dedos y mi espalda, sin tiempo ni espacio para represaría ni oponente. Sé que te gusta
despojarme de mi equilibrio y sostenerme entre tus piernas mientras mis fuerzas
caen en rendición. Que te gusta mi osadía e impaciencia, mi deseo desmesurado,
para lidiar con mi tembloroso y lujurioso cuerpo, marcando tus pautas y reglas sin derecho a omisión. Que te gusto salvaje y libre, siempre impredecible, aun cuando bien sabes,
bien sé, cómo será el inminente
desenlace de este aquelarre y tan ferviente devoción.
Sabes que
soy todas, todas para ti…
Que no
hay dos gotas iguales y que, cada día, cada noche, soy río que desemboca en
distintos mares. Y lo sé, lo sabes… que mi cuerpo es ese punto exacto donde
detenerte y detenerme sin descanso hasta desfallecer. Que con tan solo
mirarme, me deshago entre nudos y lazos que me atan el alma y las manos, sentenciándome
a sucumbir y a fluir(me) ante ti…
Y sabemos, ambos sabemos, que nos
llueven las horas…
Que siempre son
ese momento en el que inundarnos y enredarnos de cualquiera de las formas. Unas,
arrebato; sin dueños, sin normas, solo nuestro embate y nuestras bocas. Otras,
despacio, sin tempo; solo fuego y cincel en tus dedos, mientras te bebo y me mojas…
Y cómo te
gusta enredar tu mirada y tus dedos entre la tela que perfila mis curvas y mis pliegues.
Cómo te
gusta abrazar con tu boca esas cadenas que cuelgan de mi cuello, y reposan revoltosas sobre mi pecho y mi vientre.
Cómo te
gusta mirarme al trasluz con detenimiento, con tan solo mis zapatos negros
puestos. O con esa rebeca de botones color burdeos como único aderezo de mi
cuerpo.
Y es que, a
veces… no sé quién de los dos es más niño disfrutando con alevosía de su
juguete; menudo par de (in)decentes.
-Quédate quieta –me dijiste. –Sólo una prenda…
Y mis dedos jugaban traviesos con mi pelo
al tiempo que (me)mojaban tus besos…
Solo el deseo derramando su vuelo
palpitaba henchido e inquieto
asomándose erecto
bajo el foulard
adherido a
mi cuerpo.
Gotas,
que bebiste
cerril y sediento
mientras mis manos
maceraban y tiraban de tu pelo
hacia mi libidinoso y acuoso epicentro
cediendo(te) ardiente el embate de tu fuego;
bendito y erguido (me)profanaste, profundo; y lento.
Saberme y abandonarme en ti, diáfana y desnuda en cualquiera
de las (mis) formas, es una de las condiciones que me pediste cumplir. Y no
hubo papel en tan sicalíptico contrato; ni mis manos temblaron cuando las llevaste
a tus labios para sellarlo. Fue más que un desafío para las aristas de mi
desvencijado corazón; casi un alivio desmesurado para esa rebeldía que me
clamaba morir, en ti…
E inhalaba cada sonido de tu voz como firme sentencia;
desfallecía el tiempo… No había lugar para nada más que no fuera yo, en ti…
(Te) sentía tan cerca…
Y de tus ojos manaba ese latido que te excitaba sabiéndome
aviesa por y para ti. Esa mezcla de inocencia y sedición a la que amar y domar
desde ese imperioso acuerdo al que, ambos, acabábamos de sucumbir.
No había marcha atrás;
ya no…
Me inundaban deseo y lascivia por descubrir… Me sentía derretir
en ese palpitar y contracción de piel y músculos, en esa inexorable y plena entrega
que exorcizaba cada centímetro y recoveco de mi cuerpo.
“Sabía que aquel fandango que nos habitaba y eyaculaba bajo piel y huesos, formaría, indefinidamente, parte de nuestras vidas. Lo pude sentir cual gráciles descargas en mi
columna… y mi pecho”
Y podría decir aquello de perderse en una mirada… De
atravesar ese níveo y cristalino océano en el que navegar sin billete de vuelta;
Y sería completamente cierto…
Porque no supimos volver aquella tarde cuando nos miramos por
primera vez. No pudimos desandar los kilómetros que anduvimos de golpe y sin
frenos, pegados el uno en el otro sin más mundo que nuestras pupilas y el edén
que encontramos tras ellas.
Y fuimos colirio que, gota a gota, fue empapándonos y
apresándonos en ese piélago que nos cautivó sin apenas tiempo para pestañear. Nos
amamos con urgencia sin tocarnos. Nos besamos y nos viajamos con la yema de
nuestros dedos sin rozarnos. Todo amaneció como insondable epifanía que nos
condenó al delicioso embrujo de ser en el otro. De vivir (nos) siendo aliento y
oxígeno de cada pliegue y recoveco del hogar de nuestros cuerpos.
Y no sabría decir si fueron minutos u horas. Si fuimos hálito
o fuego cuando caímos desnudos y sin red ante el ósculo de nuestras miradas. Cuando
fuimos rúbrica indeleble etérea y sin piel. Pero nos urgía salir. Desprendernos
de tan cerúleo cielo para ser averno, gemido que se liberara y se hiciera carne
en su ígneo clamor.
Dejar de mirarnos era como sentir de golpe el peso de
nuestra piel y nuestros huesos. Volver a escuchar el mundanal ruido de la
calle, el crujir de las ramas de los árboles; volver a ser humanos, y no, dos
ángeles enraizando sus alas en ese limbo donde uno desea vivir y morir.
Y lo hicimos… Fuimos plomo contra el suelo, pluma en el
viento despertando en un chasquido para ser cuerpo; ser boca, manos, sexo… Tocarnos, besarnos, lamernos… Desgarrarnos nuestras ropas sin mesura ni
tiento, no había tiempo; éramos el propio tiempo enloquecido y embravecido. Éramos
barro humedecido moldeando nuestros cuerpos con delirio. Éramos lava, río…
Y, como dos niños, volvimos a mirarnos… y nos perdimos…
Húmedo y excitante abismo que
(me) claudica las ganas de contenerme, inmersa en ese atisbo que (te) percibe
con esa incertidumbre que exuda y diluye el deseo de sentirte, de saberte más
allá de ese silente escenario donde me observas a ras de esa luz que solo baña
mi piel…
-Eres tú mi más preciado ritual – pronuncias en mi oído, y mi mente...
Y el fuego comienza a fluctuar en mi cuerpo. Soy yo, tu copa
que agitar y de la que beber. Soy esa inocencia prendida que invoca(s) en este
aquelarre donde suplico arder.
Y las pausas se hacen horas…
Te gusta…
Te gusta jugar con el tempo que me subyuga a
querer(te) más… Te gusta contemplar las contracciones de mi vientre, de mi pecho
que, henchido, exhala el poco aire que le queda y que derrocho en cada pálpito y
escalofrío, queriéndote ya…
Ya…
Llegan gráciles caricias sin ver(te)… Pequeños círculos que cimbrean
entre cuero y miel que se(me)derrama…
Sujetos mis pies al diván;
Se tensan y tiemblan mis piernas.
Mis músculos se contraen en esta contienda que solo tú tienes la potestad de mi
voluntaria entrega que clama la reyerta. Solo tuya la oquedad que fluye y
florece cual embrujo y edén…
Y entras…
Lentamente acometes con el eje de tu sed erguido y
ferviente. No hay ritmo…, solo (me)invades y permaneces en ese instante que es
divino y carnal…
-Quieta… Quieta… -pronuncia tu susurro oxigenando cada poro
de mi piel…
Pero, no puedo; desobedezco… Soy serpiente que repta y se
enreda cual hiedra en ese gozo que quiere clemencia, que desea ser río y savia;
Fuego, solo fuego atrapado; grito cohibido que se deja…
De niña la llamaban “carita de ángel”. Y puede que lo fuera,
pero solo en una mediana porción de su verdadera esencia. El otro tanto, se
basaba en una necesidad imperiosa de encararse con valentía y rebeldía a la
vida, y abogar, cual heroína de un cómic, por la justicia.
La vida no había sido demasiado justa con ella, aunque
tampoco le había ido del todo mal; estaba viva y podía contarlo. Era
tremendamente laberíntica, además de estar sumida en una adorable contradicción
que, de alguna manera, le hacía sentir más viva, más apta para enfrentarse a su
desequilibrio más equilibrado, en el que sostenerse en esa cuerda floja de un
mundo insolente que no hacía más que echarle el guante blanco.
Ella adoraba los retos. En cada uno de ellos, desenredaba,
cual madeja de lana, ese ser interno que la poseía e inundaba. Escudriñaba por
cada recoveco de su inquieta mente, hasta desenmarañar y acceder a un
habitáculo nuevo donde conocerse más y mejor, y por el que crecer y
enriquecerse.
Había llegado la hora…
Él dormía en el sofá tras una copiosa comida de domingo. Fue
entonces que ella aprovechó para dirigirse al baño y coger, de una caja
metálica del mueble de las toallas, unas grandes y afiladas tijeras…
Necesitaba mirarse por última vez siendo parte de él. No
debía temblarle el pulso; ya no…
Demasiadas horas de su vida invertidas en él; en cuidarlo y
mimarlo. Necesitaba liberarse, dar un drástico giro a su vida, empezando por
esos “pequeños” detalles…
Cogió las tijeras… Y tras agarrar con la otra mano y con
fuerza un gran mechón de su cabello, dio el tijeretazo de salida dejando caer
sobre el suelo lo que tantos años le había acompañado. No fue fácil, pero, lo
fue más cuando, al despertar él, y mirarla con asombro, le dijo:
(Hay días grises… De esos en los que, las palabras de los
amigos, son esa flor de pétalos blancos que de pronto brota de entre las rocas… Y, esta, es mi forma de agradecer las vuestras... del post anterior)
Vosotros...
Ese latido que pronunciasteis. Que brotó cual yedra en este viaje de la vida sin maletas. Ese en el que no hay
más equipaje que aquello que nos inunda, aquello que somos y sentimos. Ardua
faena en un mundo exento de tanto y, a su vez, tan tremendamente hermosas sus puertas, ésas, que solo se abren con nuestras propias llaves. Hoy, tú, y tú…
todos… fuisteis llave… fuisteis vuelo…